El deterioro de los productos y la degradación sensorial son algo más que simples obstáculos operativos; constituyen amenazas importantes para sus resultados financieros y la reputación de su marca. Cada año, el desperdicio de alimentos le cuesta a la economía mundial más de 1 billón de dólares, y una parte considerable de esta cifra se debe a que los productos pierden su calidad antes de que puedan consumirse. Para un fabricante de alimentos, esto se traduce en pérdidas directas por el inventario desechado y en costes indirectos derivados de ineficiencias en mano de obra y servicios públicos. Además, una sola retirada de productos alimenticios del mercado puede suponer un gasto directo medio de 10 millones de dólares, sin contar el daño a largo plazo a la confianza de los consumidores y la fidelidad a la marca. Al invertir en una conservación eficaz, no solo protege sus productos, sino que también refuerza el compromiso de su marca con la sostenibilidad —un valor cada vez más importante para los consumidores— al reducir activamente el desperdicio de alimentos.
Imaginemos un fabricante de magdalenas envasadas que desea ampliar la vida útil de los productos, pasando de los 7 días habituales a más de 14 días, con el fin de reducir las devoluciones y el desperdicio. Gracias a nuestro enfoque doble, esto es posible. En primer lugar, se incorpora a la masa un ingrediente de trigo fermentado para inhibir el crecimiento de moho, lo que garantiza la estabilidad microbiana y asegura que el producto siga siendo seguro y visualmente atractivo. En segundo lugar, se utiliza un aroma de vainilla encapsulado para proteger el delicado aroma de la degradación durante el horneado y el almacenamiento. Esto garantiza la estabilidad sensorial, ofreciendo al consumidor una experiencia de vainilla fresca y aromática, incluso semanas después de la producción.

